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Hace tanto ya.


Hace ya semanas que me encontré sentada en una gran roca junto al río 
con una carta en una mano y cerillas en la otra.

Hace ya semanas que con nuestras canciones sonando, inagotables, 
quemé tus ultimas palabras.

Hace ya semanas que con rabia deseé ver tu boca llena de sangre 
y a la vez verla junto a la mía para siempre.


Hace unos minutos volví a llorar por ti y, ¿sabes?
aun sigo pensando que estas lágrimas merecen la pena

Hace unos minutos volví a soñarte y, ¿sabes?
aun lloro cuando descubro que no estas aquí.

Hace unos minutos borre tu recuerdo de mi pared y, ¿sabes?
aun con la luz apagada el borrón de tu nombre me tortura.


Hace unas semanas sentí que todo volvía a empezar
Hace unos minutos todo se volvió a emborronar.

Ya no está.


Desperté esta mañana
Su olor se había marchado
Ella no estaba en mi cama
Su recuerdo parecía lejano

Me caí de la nada,
Letras sin rumbo
Un lienzo blanco pintaba
Melodías dando tumbos.

Miré el techo cansada
Pensé en mi musa
Recordé sus bragas
Y perdí la blusa.

Llegó un día

Llegó un día, apareció como de la nada y su mirada tierna me dejó ver el toque infantil de su rostro.

Llegó un día y sin darme cuenta nuestras caderas chocaban, nuestras manos se rozaban casi sin querer. 

Llegó un día y me acarició el rostro, la miré y pensé que algo tan dulce, tan suave y tierno no podía ser cierto. Entonces habló y en el temblar de sus palabras me di cuenta de que todo era igual de irreal para ella. 

Llegó un día y beso mis labios, y probó mi cuerpo y de un golpe comprendí la utilidad de todo lo aprendido en mi vida hasta ese instante.

Llegó un día en el que con una rodilla en el suelo y una caja entre las manos me pidió que me mudara con ella a un lejano país, fue entonces cuando comprendí porque había sido tan perfecto.

Llegó un día a un país que ahora me suena lejano y probamos las incertidumbres de los viajes, y porfín llegamos a comprender que nuestro hogar estaba en nosotras y en nadie más.

Me pidió que lo dejara todo por ella y sin dudarlo solo le dije que me iría si era tan solo el primer puerto de nuestras largas vidas.


Un adiós constante.


Miras al suelo, esperando que no vea tus ojos tristes, aprietas los puños para conseguir que de tu anudada garganta salga un tímido "hasta pronto"que no sabes si volverá que, no sabes cuando se cumplirá.

Estas sentada, escuchando una vez más las charlas de aquella apagada vida, y como de repente sientes que algo se te rompe dentro, es la hora, es la hora en la que te tocaría a ti estar en el anden de esa estación diciéndole adiós. En cambio estas ahí escuchando que pensaba San Agustín del devenir de los seres, de la vida.
Quieres levantarte y correr, quieres llorar, quieres gritar, quieres tirarlo todo y pedir un poco de silencio para pensar con claridad.
Recuerdas sus ojos llenos de lágrimas y sus palabras, en 7 días estaré de vuelta. Te aferras a esos siete días y desojas una margarita inexistente esperando que vuelva.

Al fin y al cabo, si vuelve, todo se volverá a repetir porque... tendrá que volver a partir.

Las riendas de una vida.

     
     Hace mucho tiempo, una mujer decidió tomar las riendas de su vida. Y con este propósito salió de su hogar maleta en la mano y caminó, hasta encontrar una zona totalmente solitaria en la que sintió que debía encontrarse su nuevo hogar.

    Abrió su maleta y saco un par de mantas, que con unos cuantos palos se convirtieron en la tienda de campaña perfecta en la que pasó un par de semanas. Pero, despertó una mañana y se dio cuenta de que no podía seguir allí, que esa vida no era la correcta, y en ese mismo momento comenzó a construir un verdadero hogar. 

     Primero construyo los cimientos, unos cimientos de madera nueva que compró al carpintero de la zona, cuando eso estuvo echo decidió hacer paredes sobre esos cimientos, y una vez que las paredes estuvieron hechas pensó que estaría bien ponerle un tejado. Cuando estuvo acabada salio por la puerta para contemplar el trabajo de sus años de dedicación, y entonces se dio cuenta de que le faltaba algo. 

     Lijó las maderas, puso marcos a las ventanas, cortinas y amueblo el interior, dio una capa de barniz a la casa y la pintó de un rosa apagado, de nuevo, salio de casa para contemplar su obra, y se dio cuenta de que aún le faltaba algo. Esta vez pensó en el jardín y colocó un camino hasta la puerta, compro cescep y unas cuantas macetas, y en uno de los arboles junto a la casa colgó un columpio y tras otro duro año adornando el jardín contempló su obra y se dijo que ya estaba acabada, pero al entrar dentro de la casa se sintió fría y se dio cuenta de que todo ese trabajo había sido inútil porque, aunque había conseguido emprender su vida lejos de su antiguo hogar, había hecho aquello que toda persona digna de vivir en sociedad hacía.

     Miró su obra por última vez, agarro su maleta, sus ahorros y volvió a emprender su camino pero esta vez, sin tropezar en el mismo error.

Marcas en su colchón.


Cada noche, entre lagrimas recordaba aquel momento y con una mezcla de miedo y rabia realizaba con su dedo indice una señal en su colchón, siempre el mismo lugar y siempre la misma marca.

Esta marca era suave y delicada como acostumbraba a ser ella antes de que aquel momento ennegreciera sus pasos.

Hoy, ella, acercó su dedo al colchón para, una vez mas, realizar esa marca con su dedo indice, y en un momento de lucidez transitoria se dio cuenta de que el rozamiento de su dedo sobre el colchón había hecho que este quedara marcado, tan marcado como su corazón tras aquellos ataques de lujuria.

Vomitivo.


Salía de la cama con los pies tan fríos como un brasero en verano y, entre las lamas de su persiana asomaba un rayo de sol de invierno.

Una cálida sombra de melodías hacía temblar la almohada, melodías de unos artistas ya demacrados por la vida.

Se arrastra hasta la cocina entre legañas de días pasados.

Agarra un trozo de pizza frío de hace un par de días le da un mordisco y el vómito llena su boca.

Sale corriendo hasta el baño mientras se pregunta que habría hecho la noche anterior.

Arrullos polvorientos.


Los susurros de una tierna melodía me rodean.
Recuerdos de los arrullos de una infancia.
Recuerdos de mil vidas pasadas.

Sentir como te mecen entre golpes de viento.
Recuerdos de noches difíciles.
Recuerdos de momentos tensos.

Sentir ese abrazo tan fuerte.
Sentir ese beso en la cabeza.
Sentir el ligero balanceo que te sume en un sueño.

Recuerdos de una infancia rodeada de cariño.

¿A donde va?


El humo de las chimeneas subía hacia el cielo estrellado y ella ahí tirada en el césped lo miraba embobada. Se incorporo y saco de su bolsillo una vieja pitillera que había fabricado ella con unos cromos antiguos. Tras sacar un cigarro y prenderlo comenzó a inhalar y exhalar y, mirando la nube de humo enorme que emanaba de su boca comenzó a pensar hacia donde se dirigiría ese humo después de que ella le perdiera la pista, que seria de todo aquello que algún día emanó su cuerpo.